Saturday, September 14, 2013

Remembering a Friend / Recordando una amiga

Next week is Love and Friendship in Colombia. I wrote this piece a couple of years back while teaching a composition course at the university I taught at for the last three years. The unit was on “Description” and I assigned the group a composition about their best friend. I decided to accompany my class writing and do it, too. Funny, I had never “typed” it out before and had been meaning to digitalize it for a long time. It’s a nostalgic piece, but it seems so appropriate to share it today. I wish all of my friends a friend like Liz. I still miss her.

The first time I met Liz was at a worship conference, and she’d volunteered to accompany the choir on the piano. I saw a middle-aged woman of medium height with curly brown hair and modern eyeglass frames. She was so excited and bubbly as she ran to the piano. I thought she was just a little housewife getting her chance, as if she had been waiting to do something special all of her life. Later when I found out what a pro she was, I realized it was her natural enthusiastic way of being:  her passion for life just oozed out of her.

A divorced mom raising two daughters, one with an eventually fatal heart defect, Liz never quit trying to achieve the best for all concerned, whether family, church or her tax-consulting business. She even taught tax law at a university.

Her most outstanding characteristics were her huge grin and an infectious laugh. She was just fun to be with. Oh, we shed plenty of tears together, too, but mostly she gave me so much encouragement. Her life was a refuge and place of refreshment when I’d see her on visits from Colombia. She was such a giver. She was generous to a fault and absolutely loveable. I could never understand how anyone could have hurt her. I always felt good around her.

Liz had a delightful way of telling stories and personal anecdotes. Her telling of her adventures in Kenya, Africa, made me want to go there, too. (I haven’t so far, 30 years later, but I’m not done with adventures yet.)

Liz almost never knew when to quit. Even when cancer began to win the battle for her life, she embarked on one more adventure, getting on a cruise ship through the Panama Canal to come spend one day with me in Cartagena. Unfortunately the ship captain decided Aruba was safer than Colombia. We were terribly disappointed. She died a month later, and the only thing I could do was call her at her hospital bedside and have her listen to my broken farewell. She couldn’t even talk anymore. I’ve always hated good-byes, but learned not to run from them, not to leave things unsaid, not to leave my love unexpressed.

When the package arrived a few months later with the gifts Liz had been bringing on the cruise, it was full of fun things for my daughter, whom she had met on one of our trips to California. The box contained feather boas in several colors and a purple girl’s make-up kit and jewelry box, the stuff one constructs dreams with to feed the imagination. It was easy to imagine how delighted she would have been to watch Debi unpack her gifts. Her love spoke beyond the veil, and still does.

For all of my adult life, my best friends have been the ones I could most easily laugh with. Liz had that gift of laughing at herself. Life had thrown plenty of hardships and heartaches at her, but the joy of the Lord was her strength. I couldn’t live without it either. I believe Liz was a lady who lived well and helped others do the same, with a heart full of love and passion. That’s the kind of people I welcome into my life. Some of my friends have some of those qualities, and our times together are too few and far between. A few I have not even met face-to-face yet, but I know it’ll be the same. So I wish for all of you a friend like Liz. I miss her still.

La semana entrante se celebra el Día de Amor y Amistad en Colombia. Escribí esta pieza hace un par de años mientras enseñaba un curso de composición en la universidad donde enseñé los últimos tres años. La unidad era sobre “Descripción” y asigné al grupo una composición acerca de su mejor amigo. Decidí sumarme a la tarea y escribirlo también. Lo que ahora me parece un poco gracioso es que la he tenido guardado intentando digitalizarla  por mucho tiempo. Es una pieza nostálgica, pero parece apropiado compartirla hoy. Deseo para todos mis amigos una amiga como Liz. Aún me hace falta.

La primera vez que conocí a Liz fue en una conferencia de adoración, y ella se había ofrecido como voluntaria para acompañar al coro en el piano. Vi una mujer de media edad de altura mediana con pelo crespo, café, y gafas modernas. Ella estaba tan emocionada y burbujeante cuando corrió al piano. Pensé que era una ama de casa ordinaria respondiendo a la oportunidad, como si hubiera esperado hacer algo especial toda la vida. Más tarde cuando supe que era toda una profesional, me di cuenta que era su naturaleza natural entusiasta: su pasión por la vida rebosa de sus poros.

Una madre divorciada criando a dos hijas, una con un defecto cardíaco eventualmente fatal, Liz nunca dejó de esforzarse para lograr lo mejor para todos involucrados, sea en su familia, su iglesia, o su negocio de contadora para declaraciones de renta. Hasta daba cátedra en las leyes sobre impuestos en la universidad.

Sus características más sobresalientes eran su enorme sonrisa y una risa infecciosa. Simplemente era divertido estar con ella. Oh, también lloramos juntas, pero mayormente me dio tanto ánimo y apoyo. Su vida era un refugio y lugar de refrigerio cuando nos reuníamos durante mis visitas de Colombia. Era una persona que simplemente daba de sí. Se pasaba de generosa y era absolutamente adorable. Nunca pude entender como alguien sería capaz de lastimarla. Siempre sentía bien con ella.  

Liz tenía una forma deleitosa de contar historias y anécdotas personales. Su relato de aventuras en Kenya, Africa, me dio ganas de ir también. (Hasta la fecha no he ido, 30 años después, pero no he terminado de vivir aventuras….Liz casi no sabía cuándo parar. Aun cuando el cáncer empezó a ganar la batalla para su vida, embarcó en una aventura más, hacer un crucero a través del Canal de Panamá para llegar a pasar un día conmigo en Cartagena. Desafortunadamente el capitán del buque decidió que Aruba era más segura que Cartagena. Fue una terrible desilusión para las dos. Liz murió un mes después, y lo único que pude hacer fue llamarle a la clínica por teléfono y decirle mi despedida, quebrantada. Siempre he odiado las despedidas, pero aprendí a no huir de ellas, no dejar las cosas sin decirlas, no dejar mi amor sin expresarse.

Cuando el paquete llegó unos meses después con los regalos que Liz me estaba trayendo en el crucero, estaba lleno de cositas divertidas para mi hija, a quien había conocido en uno de nuestros viajes a California. La caja contenía boas de plumas en varios colores y una caja color púrpura con maquillajes de niña y espacio para sus joyas, las cosas para construir sueños para alimentar la imaginación. Era fácil imaginar su deleite si hubiera estado presente para ver a Debi abrir sus regalos. Su amor habló más allá del velo, y aún lo hace.

Por toda mi vida de adulta, mis mejores amigos han sido los con quienes puedo reírme más. Liz tenía ese don de reírse a sí misma. La vida le había arrojado bastantes dificultades y dolores, pero el gozo del Señor era su fuerza. Yo tampoco podría vivir sin él. Creo que Liz fue una dama que vivió bien y que ayudó a otros a hacer lo mismo, con un corazón lleno de amor y pasión. Esa es la clase de personas que doy la bienvenida en mi vida. Algunos de mis amigos tienen algo de esas calidades, y nuestros tiempos juntos son demasiado pocos y lejanos. Hay algunos que todavía no he conocido cara a cara, pero sé que será igual. Así que a todos les deseo una amiga como Liz. La sigo extrañando.